Ningún espectador argentino tiene la clarividencia de Sarmiento. Sobre lo que fue la conquista de esta zona de América: fragmentaria y lentísima ocupación de casi desiertas llanuras. Sabe que la revolución, a trueque de emancipar todo el continente y de lograr victorias argentinas en el Perú y en Chile, abandonó, siquiera transitoriamente, el país a las fuerzas de la ambición personal y de la rutina. Sabe que nuestro patrimonio no debe reducirse a los haberes del indio, del gaucho y del español; que podemos aspirar a la plenitud de la cultura occidental, sin exclusión alguna.

(Borges, 1998: 203)

No lo abruman el mármol y la gloria. Nuestra asidua retórica no lima. Su áspera realidad. Las aclamadas fechas de centenarios y de fastos. No hacen que este hombre solitario sea

Menos que un hombre. No es un eco antiguo

Que la cóncava fama multiplica, o, como éste o aquél, un blanco símbolo que pueden manejar las dictaduras

Es él. Es el testigo de la patria, El que ve nuestra infamia y nuestra gloria, La luz de Mayo y el horror de Rosas. Y el otro horror y los secretos días del minucioso porvenir. Es alguien que sigue odiando, amando y combatiendo.

Sé que en aquellas albas de setiembre que nadie olvidará y que nadie puede contar, lo hemos sentido. Su obstinado Amor quiere salvarnos. Noche y día camina entre los hombres, que le pagan  (porque no ha muerto) su jornal de injurias

O de veneraciones. Abstraído en su larga visión como en un mágico Cristal que a un tiempo encierra las tres caras del tiempo que es después, antes, ahora, Sarmiento el soñador sigue soñándonos.